El comercio mundial de crudo enfrenta el segundo semestre de 2026 con un tablero de coordenadas movedizas, donde la recuperación de los precios y la demanda se asemeja más a un espejismo que a una tendencia firme, según coinciden operadores de materias primas y analistas del sector energético.
Lo que parecía un año de estabilidad proyectada se ha convertido en un escenario de alta volatilidad, marcado por la escalada del conflicto en Medio Oriente, que ha reconfigurado las rutas marítimas, disparado las primas de riesgo y obligado a revisar a la baja todos los pronósticos iniciales.
Por primera vez desde la crisis sanitaria del 2020, la demanda global de petróleo experimentará una contracción significativa, y aunque los indicadores más recientes apuntan a una leve mejoría, esta depende casi exclusivamente de un factor tan impredecible como la estabilidad política en el Golfo Pérsico.
El más reciente informe mensual de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) es contundente: el consumo mundial caerá aproximadamente un millón de barriles diarios (bpd) al cierre de 2026, un viraje abrupto que rompe con la curva ascendente registrada en los últimos ejercicios.
El epicentro de esta sacudida se localiza en el estratégico estrecho de Ormuz, cuyo cierre parcial durante los picos de tensión llegó a interrumpir el tránsito de hasta 14 millones de bpd, equivalentes a cerca del 15 por ciento del comercio marítimo de crudo a nivel planetario, disparando los costos logísticos y elevando las cotizaciones como un resorte.
No obstante, el diagnóstico no es homogéneo. La propia AIE reconoce que la demanda tocó su punto más bajo en mayo pasado, con una caída interanual de 5.3 millones de bpd, pero a partir de ese mes comenzó a esbozar una recuperación tímida, impulsada por el acuerdo temporal entre Estados Unidos e Irán alcanzado a mediados de junio, que permitió la reapertura parcial del estrecho y el retorno gradual de los flujos de suministro.
De mantenerse las condiciones actuales, los expertos proyectan que en el cuarto trimestre el consumo crezca en 1.2 millones de bpd respecto al mismo período de 2025, llegando incluso a superar los niveles prepandemia, gracias al empuje de la temporada alta de consumo en el hemisferio norte y al abaratamiento relativo del barril, cuyo referente Brent llegó a cotizar en 68 dólares a principios de julio, un precio que incentiva la demanda reprimida.
Sin embargo, la fragilidad es la nota dominante y el mercado despierta cada mañana con la incertidumbre de un nuevo sobresalto. La reanudación de las hostilidades entre Washington y Teherán durante los pasados 7 y 8 de julio volvió a paralizar parte del tráfico de buques, encendió todas las alarmas entre los traders y puso en entredicho las previsiones de un superávit ofertante para 2027, que hasta hace semanas daban por descontado.
La AIE no oculta su preocupación y advierte, en un tono casi de alerta roja, que una nueva escalada militar en la región nublaría por completo el horizonte y podría desbaratar cualquier pronóstico de equilibrio entre oferta y demanda para el próximo año. El organismo insiste en que un acuerdo de paz duradero y verificable es un requisito sine qua non para la normalización definitiva del mercado y la estabilidad de los precios.
En este rompecabezas energético, China se perfila como una pieza clave y, a la vez, como un factor de contención estructural. El gigante asiático, segundo consumidor mundial de petróleo, registrará este año una contracción de su demanda del 4.9 por ciento, hasta situarse en 753 millones de toneladas, según estimaciones del instituto de investigación de PetroChina, un reflejo de la desaceleración económica y, sobre todo, de la apuesta acelerada por vehículos eléctricos y fuentes renovables que está llevando el consumo de hidrocarburos a una meseta irreversible.
Los analistas de la estatal china proyectan que la demanda se estabilizará en torno a los 700 millones de toneladas para 2030, un umbral que marca el fin de la era de crecimiento exponencial en el país asiático. El consumo de productos refinados caerá un 6.4 por ciento en el acumulado del año, con la única excepción del combustible para aviación, que crecerá un leve 0.2 por ciento, demostrando la resiliencia del transporte aéreo frente a otras modalidades y su escasa elasticidad frente al precio.
El mercado, en definitiva, se mueve entre la esperanza de una paz frágil y la realidad de una geopolítica que no da tregua, en un año que los operadores ya califican como el más complejo desde la pandemia.













