Biofábrica campesina: El renacer agrícola de Ceballos

En medio de las celebraciones por el Día de la Rebeldía Nacional, el fervor revolucionario encuentra su expresión más genuina en los campos de Ceballos. Allí, donde el sol castiga sin piedad y la sequía ha dejado cicatrices, un colectivo de hombres y mujeres demuestra que la mejor manera de honrar la historia es trabajar la tierra con inteligencia y persistencia.

La Empresa Agroindustrial Ceballos, particularmente su Unidad Empresarial de Base Agrícola, se ha convertido en un laboratorio vivo de buenas prácticas. En sus predios, estructuras semiprotegidas que carecen de paredes pero rebosan de propósito albergan el resurgir de áreas otrora abandonadas. Lo que antes era deterioro hoy es voluntad de recuperación, impulsada por una nueva lógica administrativa que privilegia el cuidado de los medios y la implicación directa de los trabajadores.

Eloandris Téllez Carrazana, especialista en casas de cultivo, guía a los visitantes por los canteros que paulatinamente recuperan su esplendor. “Hemos aprendido de los errores del pasado. Con la reestructuración productiva, el cambio es evidente: hay más disciplina, más conciencia y los resultados comienzan a notarse”, afirma con la seguridad de quien ha visto el renacer con sus propios ojos.

Pero el verdadero corazón innovador late en el centro de producción de bioinsumos, una instalación que bien podría confundirse con un laboratorio de investigaciones. Jorge Acosta Méndez, ingeniero agrónomo al frente del colectivo, detalla con pasión el ciclo virtuoso que allí se gesta: abonos orgánicos, humus de lombriz en sus dos presentaciones, microorganismos eficientes, caldo de ceniza y tabaquina son algunos de los productos que nacen en esos tanques y composteras.

“Lo nuestro es un círculo que se cierra con la capacitación. No solo entregamos el insumo, enseñamos cómo usarlo. Tenemos una parcela demostrativa donde ensayamos las dosis para llegar al productor con la receta exacta. Si alguien necesita saber cuántos litros de humus líquido aplicar por hectárea, ya lo tenemos calculado”, explica Acosta Méndez, quien subraya que la producción abastece no solo a la empresa sino también a campesinos particulares y otras entidades como Cubatabaco, siempre con precios asequibles.

La parcela demostrativa, con su cultivo de pepino orgánico, funciona como carta de presentación. Todo lo que ofertan, lo validan primero en casa. De esta manera, cada recomendación que sale del centro está respaldada por la evidencia, un lujo que pocos pueden ofrecer y que ha ido ganando credibilidad entre los agricultores de la zona.

Más allá de los laboratorios, en una finca de la propia UEB, Ismael Méndez García encarna al campesino que no se rinde. Su fórmula para la diversificación es tan simple como efectiva: “echarle a la tierra todo lo que necesita, pero sobre todo sustrato foliar de calidad”. Sus cultivos de piña, sembrados como ensayo, ya muestran un desarrollo prometedor, y sus planes inmediatos incluyen nuevos trasplantes en cuanto las condiciones climáticas lo permitan.

El optimismo de Méndez García encuentra eco en las palabras de Daykel Gutiérrez Delgado, director adjunto de la empresa, quien sitúa estas experiencias en un contexto más amplio de resiliencia frente al bloqueo. “No podíamos quedarnos de brazos cruzados. Activamos las 176 medidas del país, establecimos alianzas con nuevos actores económicos y buscamos financiamiento para los usufructuarios. La diversificación era la única salida”, asevera.

La estrategia ya muestra frutos concretos: la piña, tradicionalmente cultivada en el sur, se extiende ahora al norte del territorio; se incorporan plantas oleaginosas y se proyecta el frijol mungo, una leguminosa con alto valor proteico para la alimentación animal y humana. Gutiérrez Delgado pone cifras sobre la mesa: una hectárea de piña puede albergar hasta 36 000 plantas, y cada una genera entre cuatro y cinco hijos. “Estamos potenciando variedades como la MD2, considerada la mejor del mundo, junto a la perola y la española. El trabajo de preparación de tierras no se detiene”, sentencia.

Así, mientras la ciudad de Ciego de Ávila engalana sus calles por la jornada conmemorativa, en Ceballos el 26 de Julio se traduce en acción cotidiana. La rebeldía, aquí, no es un discurso: es una pala, una mochila de fumigación, una composta que se remueve al amanecer. Es la certeza de que la soberanía alimentaria se forja en el diálogo entre la ciencia y el esfuerzo manual, entre el agricultor experimentado y el técnico que mide dosis, entre la tradición y la innovación. Y sobre todo, es la convicción de que, pese a todas las dificultades, el campo cubano sigue dando batalla.

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