La escalada bélica desatada por Estados Unidos e Israel en Medio Oriente ha colocado al precio del petróleo como una de las principales víctimas colaterales, en un contexto de creciente incertidumbre para la economía mundial.
Analistas y medios de comunicación internacionales coinciden en que la volatilidad energética es solo la punta del iceberg de una crisis que amenaza con profundizar las disrupciones comerciales y las presiones inflacionarias a escala planetaria.
Reportes de prensa, incluida la CNN de Estados Unidos, se suman a este criterio que se expande por las páginas de analistas e Internet. La nueva ola de hostilidades pone a prueba la resiliencia de un sistema económico global ya debilitado por la imposición de aranceles y otras barreras comerciales durante el último año, afectando el flujo normal de bienes y materias primas.
Apenas una semana después del último shock en la región, ya hay señales de tensión a lo largo de las cuidadosamente orquestadas arterias del comercio global: desde exportaciones de arroz atascadas en puertos de la India hasta picos en el precio de fertilizantes críticos para la producción de alimentos.
Esta coyuntura genera un efecto dominó que podría trasladarse a los precios finales de los alimentos básicos en numerosos países, en particular aquellos con economías emergentes y dependientes de importaciones.
Especialistas advierten que una guerra prolongada que mantenga altos los precios de la energía podría impulsar la inflación y, con ella, las tasas de interés, aumentando el dolor para los prestatarios y frenando la recuperación post-pandemia en diversas regiones. Las amenazas a los buques de carga en aguas del Golfo Pérsico y el Mar Rojo, por su parte, podrían atascar las cadenas de suministro, elevando aún más los precios para empresas y consumidores.
En este escenario, las declaraciones de organismos multilaterales adquieren especial relevancia. El conflicto en expansión en Medio Oriente podría tener un impacto muy grande en la economía global en una serie de métricas, como la inflación y el crecimiento económico, según el subdirector gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dan Katz. Antes de que Estados Unidos e Israel atacaran a Irán, el FMI esperaba que la economía global creciera un saludable 3.3% este año.
El FMI aún no ha cambiado su perspectiva, diciendo que es demasiado pronto para evaluar el impacto económico de la guerra. Pero también dijo que está monitoreando de cerca los acontecimientos. La cautela del organismo contrasta con la rápida reacción de los mercados de materias primas.
El efecto del conflicto sobre la economía global depende en gran medida de los precios de la energía, que se dispararon esta semana ante la preocupación por el suministro. El Brent, referencia mundial del petróleo, se cotiza a niveles no vistos en más de 18 meses, reflejando la prima de riesgo que los inversores asignan a la inestabilidad geopolítica.
El principal riesgo aquí es un cierre prolongado del crucial estrecho de Ormuz, que es prácticamente la única vía para enviar el abundante petróleo y gas natural de Medio Oriente al resto del mundo. Una interrupción en este punto estrangulador podría tener consecuencias incalculables para la seguridad energética global, especialmente para los países asiáticos y europeos altamente dependientes de los hidrocarburos de la región.
Con el estrecho prácticamente intransitable, los futuros europeos del gas natural también se disparan y podrían más que duplicarse respecto a los niveles previos a la guerra si los envíos a través del estrecho se detienen por más de dos meses, según Goldman Sachs, publica CNN. Tal escenario no solo encarecería la generación eléctrica y la calefacción en el continente europeo, sino que también afectaría la competitividad de su industria en un momento crítico para su economía.













